Es ver cómo vende cada uno hoy, definir un método único, y entrenarlos hasta que el método se vuelva hábito.
Los dueños sabían qué hacía mal cada vendedora — quién no calificaba bien, quién no cerraba, quién dependía del precio. Pero no tenían un método único: cada una vendía a su manera y el resultado dependía de la persona, no del proceso.
Armé el protocolo de ventas y los scripts para WhatsApp y redes. Evalué las habilidades de cada vendedora y definí el perfil ideal del puesto. Hice mystery shopper para ver cómo vendían en la realidad, no como decían que vendían. Y trabajé con cada una individualmente, con feedback puntual.
Las decisiones difíciles que vinieron después —cerrar una sucursal, separar a una vendedora— ya no fueron a ciegas: tenían información concreta sobre dónde estaba el problema real.